A REVOLUCIÓN DE MAYO
Una revolución sin pueblo
Siempre me pregunté cómo es posible que la frase más célebre de la Revolución de Mayo haya sido ¨El pueblo quiere saber de qué se trata¨.
Cómo es posible que en una revolución, que supuestamente es acto popular contra la opresión de la tiranía por excelencia, el pueblo literalmente no tenía ni la más remota idea de lo que sucedía.
En la Revolución Francesa, la burguesía y los sans-culottes marcharon de París hacia Versalles para reclamar por pan y tomaron la Bastilla, símbolo del obsceno poder de la monarquía, para liberar a los presos políticos del régimen y hacerse de armas para derrocar a un gobierno corrupto y totalitario, cuya única legalidad emanaba de un supuesto ¨derecho divino¨ del monarca a hacer lo que le viniera en gana.
Lo único que sabemos de nuestro pueblo en esas jornadas de mayo es que abrieron los paraguas porque llovía y que después fueron a tomar chocolate caliente.
Qué fue en realidad la Revolución de Mayo
A mi entender, la Revolución de Mayo fue sin duda alguna un acontecimiento clave en nuestra historia, pero la palabra revolución le queda grande por demás.
Considero que los hechos de 1810 carecieron por completo de una acción conjunta de un pueblo organizado, y fueron, en cambio, producto de ciertas circunstancias históricas que se dieron en el escenario europeo, pero ante las cuales nuestra nación tuvo un rol meramente reactivo.
Por empezar, mayo fue el subproducto de una acefalía generada en la monarquía española y en sus colonias propiciada por la invasión de Luis Bonaparte a España, que dio como resultado la expulsión de Fernando VII del trono.
Ante esta situación de desgobierno, la burguesía comercial del Río de la Plata, por razones meramente económicas, y las élites intelectuales vernáculas, encarnadas fundamentalmente en las figuras de Moreno y Castelli, por razones, y esto sí es altamente valorable, también políticas e ideológicas, se vieron ante la oportunidad inmejorable de llevar a cabo dos acciones simultáneas.
Por un lado, legalizar una situación que se daba de hecho desde el siglo XVIII, el contrabando con Gran Bretaña. Por el otro, y este fue un objetivo producto básicamente de la mente adelantada de Mariano Moreno, incorporar a las Provincias del Sur al tren de la historia, representado por Francia y su revolución antimonárquica y anticlerical. Es verdad que el proyecto morenista, encarnado en su Plan Revolucionario de Operaciones, era mucho más ambicioso que la mera expansión del comercio hacia otras latitudes que proponía la burguesía local, e incluía nociones verdaderamente avanzadas para su época y su situación geopolítica, como el desarrollo de la libertad de expresión y de prensa y de una educación antidogmática basada en los principios de la razón iluminista.
Sin embargo, el plan de Moreno, como el de muchos grandes ideólogos del progreso que lo sucederían, nunca tomó en cuenta la existencia de un pueblo en el cual aún prevalecían modos de producción pre-capitalistas o cuasi feudales, representado en términos generales por el Interior, y al que estas mentes poderosas se referían como el desierto o la barbarie. En suma, Moreno disponía de de un plan revolucionario sofisticado en extremo. El problema era que no tenía un sujeto revolucionario que llevase adelante ese plan, lo cual en una revolución es verdaderamente una contrariedad. Esto era en parte un déficit del programa morenista, ya que ningún programa que tienda a la incorporación de una nación al mundo moderno puede ser ejecutado exclusivamente por una vanguardia ilustrada, dejando de lado a un interior, que salvaje, bárbaro, o cómo se lo quiera calificar, existía le gustara o no a Moreno.
La existencia de una vanguardia ilustrada es una condición necesaria pero no suficiente para la ejecución de un programa revolucionario. A favor de Moreno, es necesario decir también que las élites económicas y políticas que existían, y que subsisten en muchos lugares en la actualidad, en el Interior, eran, y son, extremadamente refractarias al cambio, por lo que su estrategia de someterlas al yugo de Buenos Aires en reemplazo del yugo colonial español era, tal vez, lo máximo a lo que podía aspirar.
Años después, el Facundo, tal vez el estudio sociológico más brillante que ha producido América, no va a ser sino la sistematización de la estrategia esbozada por Moreno y refinada hasta el paroxismo por Sarmiento, de someter a las provincias al liderazgo iluminista de Buenos Aires.
Es un claro exponente de modernización forzada.
Con la quizá única excepción de Alberdi, que si era consciente de la necesidad de incluir a ese pueblo bárbaro a un proyecto nacional, esta ha sido la estrategia dominante de nuestras élites intelectuales hasta bien entrado el siglo XX.
Para concluir, considero que ese déficit congénito de la Revolución de Mayo, la inexistencia de un sujeto popular con voz y voto, tiene consecuencias hasta nuestros días. Creo que el gran interrogante de nuestra historia y de nuestro futuro, y de América Latina en general, es cómo generar un modelo de modernización de nuestras estructuras políticas, sociales y económicas que contemple a un pueblo muchas veces sumido en formas de dominación intrínsecamente refractarias al cambio, sin caer en la trampa de la exclusión de vastos sectores de la población.