2009-08-01 |
Tema Principal
El inflador mediático
Por Gustavo Gleser
Es muy común en estos días hacer referencia a hechos y darlos por válidos sin antes corroborar su veracidad. El mundo globalizado, la alienación y tantas otras excusas llevan a quienes profieren diatribas escudarse en el anonimato de sus fuentes o bien en el “vox populi”. Esto está absolutamente refrendado por quienes deberían tener a la duda como principal recurso y son los profesionales de los medios. El periodismo hoy hace y deshace, dice y desdice, según para dónde sople el viento. Y no es esto una referencia eólica sino una metáfora, claro está.
¿A dónde vamos con esto? El viento que más fuerte sopla es El Poderoso Caballero: don Dinero. Es así que un reconocido periodista puede atacar vilmente a determinado grupo según quién le pague, con sus intereses en juego. Esto se aplica a la política, a los espectáculos, deportes, etc. Miremos ahora el primer caso, y vamos con un ejemplo.
Se sabe que el diario que más se lee en Argentina –lo cual lamentablemente no es mucho decir, a juzgar por la cantidad de gente que no lee nada- es Clarín. Clarín y su grupo multimedial tienen intereses económicos contrapuestos al actual gobierno. Es así pues, que toda acción del mismo se plasma en sus páginas como negativa, muy negativa o desastrosa. Recursos como “otra vez”, “nuevamente” y demás sinónimos de reincidencia se anteponen a cada acción, intercalando el adjetivo negativo.
Cruzando de vereda, Página 12 nos muestra lo opuesto. Eufemismos por doquier engalanan las acciones de los mandatarios del momento, en cualquiera de sus niveles. Esto sí, vale decir, con un nivel cultural mucho más elevado y rodeados de numerosas figuras de la literatura que hacen del diario un verdadero libro, en especial los días domingos. Lo cual no quita, claro, el argumento inicial de ver todo color de rosa.
A este cronista se le plantea la pregunta sobre la supuesta crisis de gobernabilidad actual. Sin caer en reduccionismos ni extremos como los antedichos, resumiremos la situación a hechos concretos.
El último 28 de junio las elecciones legislativas tuvieron heterogéneos ganadores en todo el país. El optimista dirá que ganó el gobierno, el pesimista que perdió más de lo que ponía en juego y ambas tendrán parte de razón. Las cámaras luego del 10 de diciembre notarán una merma significativa –aunque no determinante- en las huestes kirchneristas. Y la metáfora bélica en este caso es oportuna, ya que seguramente habrán de librar muchas batallas para imponer sus dictámenes.
Ahora bien, ¿eso implica una crisis de gobernabilidad? Afirmar tal cosa sería caer en un burdo reduccionismo, negar que habrá complicaciones es igualmente erróneo. El gobierno no tiene el mismo referéndum popular que antaño, pero mantiene su poder y podrá desenvolverse bastante bien durante los próximos dos años. Se le negarán leyes, no podrá hacer reformas de fondo, pero siempre está el decreto y muchas leyes tendrán el apoyo de sectores que eventualmente se le aliarán.
Seis años han pasado desde que Néstor Kirchner asumió el gobierno. Buenas y malas mediante, sin detenernos en detalles aunque con un balance más positivo en su gobierno que en el actual, un poco por la coyuntura y otro poco por desaciertos estratégicos. Ahora, restando dos años y siendo utópico aquel pensamiento que en el 2007 sobrevolaba las mentes de los optimistas –turnarse marido y mujer en el poder por 16 años-, queda claro que el tiempo para las medidas de fondo ha acabado. Sí queda tiempo para arrepentirse de algunas cosas, para mejorar otras y para pensar en una transición ordenada durante el 2011. Pero no ahora. Ahora es tiempo de seguir gobernando. |