2010-03-01 |
Tema Principal
¿Se debe creer en el respeto por las creencias?
Por Leandro M. Yampolsky
A menudo ocurre que alguien se siente ofendido cuando se contradice (o insulta) una creencia suya y se lo considera como una falta del otro porque no respeta sus creencias. Pero, ¿qué es lo que se entiende sobre el respeto por una creencia? ¿No expresar nada que contradiga esa creencia? Parece ser una tarea extenuante.
En principio, hay que entender la distinción que hay entre el acto de expresar una idea contraria a la creencia del otro y la interpretación que el otro le asignará, ya sea como ofensa, desacuerdo, argumento persuasivo o una razón convincente. Dependiendo de quién sea el aludido y el contexto en el que sea enunciada, puede variar drásticamente la interpretación de una misma frase. Lo que sí es invariable es el significado que le quiso dar quien la originó. Por ello, considero que para juzgar la moralidad de la acción de quien contradice la creencia del otro se debe analizar lo que expresa en su forma y contenido, y conjuntamente cuánto conoce él sobre la interpretación del otro, ya que es este mismo conocimiento el que permitiría evaluar si su afirmación lo ofendería o no. Con respecto a esto último, hay que aclarar que estoy valorando la decisión de no ofender al otro como muestra de respeto hacia su persona, pero no por respeto por sus creencias, siendo dos cosas muy diferentes, ya que personas distintas pueden compartir las mismas creencias y no merecer el mismo respeto (por ejemplo porque a una se la estima en diferente grado).
Algunas creencias pueden ser extravagantes, populares, ingenuas, plausibles, contradictorias o evidentes; pero lo que todas ellas tienen en común es que existen como afirmaciones hechas por un individuo. Es decir, las creencias son afirmaciones que el individuo sostiene como verdaderas, de donde surge un conflicto cuando otro contradice una de tales afirmaciones, implicando que es falsa. Esta objeción (la segunda afirmación que contradice a la primera) puede estar fundamentada con razones o puede no estarlo. Si las hay, entonces quien sostenía la creencia no tiene razón para ofenderse, sino que debería atender a las razones del otro y evaluarlas. De esta manera, puede defender su creencia o aceptar la tesis contraria, como en todo intercambio argumentativo. Si las razones resultan ser convincentes, puede modificar su creencia, a voluntad propia. Si resulta que no se convence, simplemente la descarta y no hay necesidad alguna de sentirse ofendido, tal como uno reaccionaría si alguien le intentara demostrar que la Tierra es plana, teniendo en cuenta el conocimiento científico actual.
En el caso en que la objeción no esté fundamentada con razones, esta consiste en una mera opinión. Al no haber razones para sostener esta opinión, existe una infinidad de casos en que esta se pueda elaborar, ya que no necesariamente se basan en la realidad, y siempre se podrá desarrollar una opinión que contradiga a una creencia. Por lo tanto, pedir que se respete una creencia implica directamente silenciar aquellas opiniones que la contradicen, negando todo intento de analizar aquella información de manera objetiva. Esto es peor aún si se considera los casos en los que hay creencias opuestas entre distintos grupos. ¿Acaso ninguno debería expresarse? Es ridículo pensar que esto podría beneficiar a ambos grupos, ya que por lo menos uno de ellos estaría creyendo algo equivocadamente.
La única razón legítima para no expresar una opinión de este modo es si se supone que podrá ofender al otro y su expresión no tiene más motivo que este. En esta categoría caen por ejemplo los insultos (aunque una afirmación que degrade la inteligencia de otro debería ser cabalmente aceptable si se la fundamenta bien, al estilo de “Señor, usted es un imbécil porque…”). Lo importante aquí es que el respeto que debe haber es hacia la otra persona al evitar ofenderla y no un respeto por sus creencias. Las creencias no tienen ninguna cualidad digna ni menos que les merezca respeto de por sí.
Si se quisiera categorizar a las creencias entre las más y las menos respetables, las creencias racionales que se apoyan en la evidencia observable serían las mejores candidatas a poseer el mayor estatus, ya que son las que nos permiten modelizar la realidad adecuadamente. Irónicamente, resulta que contradecir este tipo de creencias (necesarias para el desarrollo del conocimiento científico) no parece ser tan ofensivo como lo es contradecir afirmaciones sobre la existencia de entes sobrenaturales, ocurrencia de milagros, moralidad de las religiones, medicinas alternativas, etc. Pero, ¡si son creencias! |